Un joven de 21 años hace lo que el régimen cubano lleva décadas sin lograr: Dar energía eléctrica a su pueblo

  Cuba lleva meses hundiéndose en una crisis energética sin precedentes. Cortes de luz que superan las 20 horas diarias, gasolina a más de seis dólares el litro y un transporte público prácticamente paralizado. Mientras el gobierno sigue sin ofrecer respuestas reales, Gerard Pablo Espinosa, un joven de 21 años, opera desde un taller artesanal en la periferia de La Habana y ha hecho lo que ninguna institución ha sido capaz: dar autonomía energética a quienes más lo necesitan.

La crisis que el Estado no puede ni quiere resolver

Cuba necesita más de 110.000 barriles de petróleo al día y solo produce localmente menos de 40.000. Más del 80% de su electricidad proviene de centrales termoeléctricas alimentadas por combustibles fósiles. El suministro exterior se derrumbó por dos golpes simultáneos:
  • Venezuela suspendió el envío de entre 27.000 y 30.000 barriles diarios tras la captura de Nicolás Maduro en enero de 2025.
  • México cortó sus exportaciones a la isla en días posteriores, representando estas el 44% de todas las importaciones cubanas de crudo.
  • En Ciego de Ávila solo funcionan 2 de las 135 líneas de autobús por falta de combustible, una imagen que resume el colapso del transporte público en todo el país.
Miles de cubanos han recuperado los triciclos eléctricos que inundaron la isla tras el hundimiento de la URSS en los 90. Hoy son de nuevo el único medio de vida para quienes transportan mercancías, alimentos y pasajeros. Pero recargar su batería sin electricidad era, hasta ahora, otra odisea sin solución.

El invento que ningún planificador estatal habría concebido

Gerard ya ha transformado más de 15 triciclos eléctricos instalando placas solares sobre el techo, sujetas con una estructura de hierro hecha a mano que actúa además como toldo. El sistema es tan simple como brillante: mientras el vehículo circula, el panel alimenta directamente el motor; cuando se detiene, recarga la batería. En las cinco horas de mayor radiación, el sistema puede aportar hasta 2.600 W, suficiente para aliviar de forma constante la carga y aumentar notablemente la autonomía. Lo verdaderamente escandaloso no es el invento —es que haya hecho falta un joven con una soldadora para demostrar lo que cualquier análisis básico confirma: Cuba tiene sol más de 300 días al año. La energía solar no es una utopía allí, es la respuesta más obvia. Y el Estado la ha ignorado durante décadas por preferir depender del crudo venezolano y la tutela política que viene con él.

Lo que un triciclo solar revela sobre el futuro energético

Este caso es un síntoma de algo más profundo. Demuestra que la transición hacia las energías renovables no siempre exige grandes inversiones ni tecnología punta: a veces basta con dejar que la gente resuelva sus problemas. El potencial de soluciones distribuidas —desde los propios paneles hasta alternativas como los biocombustibles o la biomasa— es real, accesible y probado incluso en condiciones de extrema precariedad. El contraste con países que sí han apostado por modelos energéticos resilientes es brutal. Cuando el Estado falla, la gente innova. El problema es que no debería hacer falta.

Última edición el 18 de mayo de 2026 a las 09:02

sfernandez

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